Lunes, 30 de julio de 2007
Félix López Gallego
Publicado en diario
el domingo 11 de diciembre de 1994. Dominical pág. 44/VIII
No es fácil. Escribir sobre una persona que has conocido, sin apasionamiento, sin dejarte influir, no es fácil. Por ello, al comenzar este trabajo, me propuse hacerlo desde la premisa de que Manuel Lozano Garrido, "Lolo", a pesar de estar anclado a su silla de ruedas, se realizó a sí mismo partiendo de sus creencias, de sus convicciones.
Nacido en Linares el 9 de agosto de 1920 en el seno de una familia acomodada, tuvo que enfrentarse, desde muy joven y junto con sus siete hermanos a problemas familiares cual fueron el fallecimiento de su madre y posteriormente el de su abuelo, con el que tuvieron una estrecha relación, acontecimientos que le llevaron a cambiar, a reestructurar su vida familiar, si bien, él salió de todo aquello enriquecido, fortalecido ante experiencias negativas que a otro cualquiera nos hubieran marcado.
Porque Manuel Lozano Garrido las afrontaba con entereza y ante aquellas vicisitudes aparecía como un hombre nuevo y, tal vez, fueron estos avatares los que unidos a su formación le ayudaron a que germinara en su interior la gran fe que - en el futuro – sería el bastión a través del cual se producía aquel encanto místico, ignorado, que después descubrimos, su paciente y constante labor callada de apostolado. Aquel manantial fecundo de ideas, consejos o reflexiones confortadoras que, sin solicitárselos, él desgranaba contribuyendo a iluminar o deshacer nuestras posibles tinieblas.
Llegado el año 1936 se reunía con otros jóvenes de Acción Católica, practicando la lectura de la santa misa y las Sagradas Escrituras y siendo él uno de los seglares autorizados para administrar la comunión, lo cual – confesaba - le producía temblor en las manos; más denunciados por reunión ilegal, fueron detenidos y juzgados en Jaén, siendo testigo de la defensa el primer alcalde socialista que hubo en la República y puestos en libertad tras comprobar que el motivo de tales reuniones no era político, sino religioso.
Movilizado militarmente durante nuestra confrontación nacional, perteneció a esa generación que tuvo que prestar servicio a la patria en dos ocasiones, en la primera de ellas y en zona republicana fue destinado a un centro telefónico, situado en una cueva, en las proximidades de Motril. Terminada la Guerra Civil, fue llamado de nuevo a filas y destinado al cuartel de Pacífico, en Madrid, donde le encomendaban trabajos no muy acordes con su cultura y formación pero que cumplía con la sana alegría y el buen humor que siempre le caracterizó. A pesar- de todo ello nada fue inconveniente para que allí organizara y coordinara una sección de Juventud Católica.
Cuando comenzó a sentir los primeros síntomas de la larga enfermedad que le tendría postrado por vida, aún se encontraba prestando servicio militar y dado el avanzado estado de su dolencia, fue enviado a casa, dando comienzo su lucha para defender la salud. Mas por ser un proceso irreversible, su frágil cuerpo fue anquilosándose de forma progresiva, iniciándose su prolongado y largo calvario.
Conocí a Manuel en el mes de agosto de1948.
Llegamos en aquella excursión a Tíscar en plena canícula y en el gran edificio que hay junto al Santuario, estaba él con su hermana Lucy y algunos amigos. El día anterior a nuestra llegada había descargado una fuerte tormenta que nos sorprendió en Quesada, y aquel agua había dejado tan clara y diáfana la atmósfera que los montes y laderas de aquella sierra y el valle en que se encuentran los poblados llamados Don Pedro y Belerda tomaban una nueva dimensión plástica.
Acercarse a Lolo - como era conocido por sus amigos - intentar el diálogo por vez primera no era fácil, pues contemplar toda una juventud inmovilizada en aquel sillón, imponía. Te sentías incapaz de saber de qué hablar, cómo iniciar una conversación, de qué asunto tratar, pues se tenía el presentimiento de que, cualquiera que, fuese el tema, parecería una ironía. Hablarle a él - en principio - costaba trabajó.
Sin embargo, nada más sencillo, pues una vez que él tomaba la palabra tenías la sensación de que era uno mismo, su propio interlocutor el que estaba postrado, inmovilizado, el que necesitaba distracción, ayuda y consejo a final de cuentas, el que sin pedirlo salía reconfortado.
A veces me pregunto sobre cual era su mejor cualidad. Pienso en su ejemplo desde el punto de vista espiritual o físico y lo admiro. Releo sus libros, sus escritos, sus mensajes y me veo impregnado por su fe, su resignación, su humanidad.
Y sobre todo, algo inconcebible, es el hecho de que siendo su mundo tan limitado, sin estar plenamente en contacto con formas de vida, snobismos o sucesos, él estaba perfectamente informado y siempre en disposición de opinar, aconsejar o transmitirte una sensación de paz y tranquilidad interior que te llenaba cualquier vacío espiritual, cualquiera duda moral o ética que tuvieras.
Y es que en la vida de Lolo, se daban - bajo mi punto de vista - tres facetas que solas, por sí mismas, podían resultar interesantes, pero que unidas, amalgamadas en el crisol de este linarense, fructificaban con una fuerza y espontaneidad impresionante, pero siempre adornada por una gran sencillez.
La primera de ellas, su fuerte religiosidad, adquirida en principio en su hogar y como alumno de los Padres Escolapios y posteriormente dentro de la Juventud de Acción Católica, de la que fue secretario y largamente manifestada durante su vida; la segunda, su formación como bachiller maestro que no llegó a ejercer, pero preparado para desarrollar una labor docente, de la cual él ya había tenido experiencias con las catequesis que impartía por los barrios de Linares, y por último, su gran pasión por el periodismo, con sus escritos, sus libros, entre los cuales nos dejó algunos maravillosos, como "El sillón de ruedas"'(1961), "Dios habla todos los días" (1962). "Mesa redonda con Dios" (1963), "Las golondrinas nunca saben la hora" (1967) y otros muchos, además de sus colaboraciones en las revistas “Cruzada”, "Sinaí" y artículos en la prensa nacional. Todo ello, unido a su gran fe, a su inmensa resignación, germinaba o cristalizaba dentro de él, irradiando esa gran fuerza de atracción que su persona producía o hacía sentir en todo aquel que a él se acercaba.
No pretendo realizar un estudio hagiográfico sobre Manuel Lozano Garrido, "Lolo", pues con el transcurso del tiempo y tras el inicio del proceso de beatificación, habrá lugar para ello y plumas mejor preparadas, si bien no he podido sustraerme a exponer algunas facetas de su vida, para que sirva de divulgación y ejemplo entre aquellos que aún tienen la inquietud de dar un nuevo sentido a la vida.
La lucha de Lolo no fue una lucha contra la muerte, sino por transmitir la fe y la esperanza y sobre todo, para dar ejemplo de que el hombre fuerte, de espíritu amplio, generoso y creyente, es capaz de fundir y mezclar desde dentro de su propia cruz - en el caso de Lolo su sillón de ruedas - sus vivencias y experiencias y transmitirlas como ejemplo potente y fructífero para hacernos ver que, en ocasiones, nuestros problemas, esos que nos atosigan y acucian en la vida cotidiana y que creemos los más importantes, adquieren una nueva dimensión bajo el punto de vista del cristianismo. En la biografía de Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, el único y cierto milagro sea tal vez, el de su propia vida. Podemos decir que fue un alentador y maravilloso ejemplo, con un tesón magnífico que le permitió convertir su inmovilidad en una constante actividad creadora y humanitaria, pero siempre bajo la sombra de la Cruz.
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